Pueblo Hundido no solo forja su historia desde su nacimiento como comuna, sino desde mucho antes, cuando era apenas una villa perdida en el desierto; un pequeño asentamiento que aprendía a soñar entre rieles, polvo y sol.
Si pudiéramos viajar en el tiempo hacia aquella génesis humilde, descubriríamos que, aun en medio de la soledad nortina, ya se gestaba una profunda vocación por la alegría, el encuentro y la cultura.
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Dicen que los años pasan, pero hay recuerdos que se niegan a envejecer. En la memoria de los pueblinos mayores siguen vivos aquellos días en que, gracias a la visión de don Eugenio Reyes y su esposa Pilar Gutiérrez, este rincón soleado pudo conocer la magia del cine.
No era solo proyectar películas: era permitirle al pueblo viajar sin moverse, reír, llorar y soñar juntos frente a una pantalla blanca levantada en medio del desierto. Aquellas funciones eran encuentros de comunidad donde el silencio respetuoso se entremezclaba con las risas y los comentarios al oído.
Las luces del proyector no se quedaron en Pueblo Hundido. Aquella aventura del séptimo arte cruzó caminos polvorientos hacia Inca de Oro, Mina Carmen, El Salado, Chañaral, Caldera y hasta los antiguos campamentos salitreros del Norte Grande. En esos viajes de cine ambulante, don Carlos Reyes Gutiérrez, hijo de Eugenio y Pilar, asumió el legado familiar, llevando no solo rollos de celuloide, sino también historias, música, rostros nuevos y esperanza a cada rincón.
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Pero en esa época dorada no todo era cine. También llegaban al pueblo compañías de teatro y revistas de espectáculos que recorrían el país, trayendo humor, drama y canciones a lugares donde rara vez sucedía algo distinto a la rutina laboral.
Aquellas noches eran verdaderas fiestas, donde el escenario se convertía en portal hacia otros mundos, y los vecinos, por unas horas, dejaban atrás las preocupaciones diarias para dejarse envolver por la fantasía.
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La huella de don Carlos Reyes Gutiérrez fue más allá de la pantalla y del escenario. Comprendió que el pueblo necesitaba compañía todos los días, no solo en las funciones del fin de semana, y que la soledad del desierto podía aliviarse si una voz amiga llegaba a cada hogar.
Así nació la radio Diego de Almeida CA-82, levantada con esfuerzo y cariño, para transmitir palabra, música y noticias a toda la comunidad.
Con la radio llegó una nueva forma de encuentro: mañanas y tardes acompañadas de boleros, tangos, rancheras y los éxitos del momento; programas en vivo, avisos locales, saludos, concursos simples pero llenos de ilusión; y, por las noches, las dedicatorias que cruzaban de calle a calle como abrazos sonoros.
En torno al receptor, cada familia sentía que el pueblo entero cabía en esa pequeña caja que hablaba, reía y cantaba para todos.
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En lo profundo, lo que don Carlos y su familia entregaron fue algo que ningún decreto ni nombre oficial puede otorgar: identidad, orgullo y sentido de comunidad. Su empeño por arrancarle horas al silencio y reemplazarlas con cine, teatro, música y radio fue, en esencia, un acto de amor por su gente.
Si alguien merece ser recordado por haber transformado la vida cotidiana del pueblo, por regalar alegría en medio de la aridez del norte, es él. Sería justo que alguna calle o espacio público llevara su nombre, para que cada paso dado por ella nos recuerde que hubo un vecino que creyó que Pueblo Hundido merecía soñar en grande, aunque estuviera rodeado de desierto.
En la foto, Radio Diego de Almeida y Cine Manuel Rodríguez y sobre todo su gestor, don Carlos Reyes Gutiérrez.

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