La nueva camiseta de San Marcos de Arica, inspirada en los uniformes utilizados por los soldados chilenos durante la Guerra del Pacífico, nació de una idea de Jorge Tapia. El empresario, oriundo de Chañaral, comenzó trabajando como garzón, llegó a Arica como funcionario de Aduanas y terminó construyendo una empresa textil que hoy abastece a la gran minería, emplea a más de cien personas y viste a clubes del fútbol profesional.
A fines de los años noventa, Jorge Tapia tomó una decisión que para muchos quienes lo conocían parecía un error.
Cuando llegó a Arica a mediados de los años noventa, Jorge Tapia cargaba una historia parecida a la de muchos jóvenes de Chañaral, la ciudad en la que nació. Allí había trabajado como garzón, hecho pequeños trabajos ligados a la minería y buscado la forma de abrirse camino en una comuna donde las oportunidades eran escasas.
Su ingreso a Aduanas y su destinación a Arica parecía el final de esa incertidumbre: tenía estabilidad, un buen sueldo y una carrera funcionaria que podía acompañarlo durante toda la vida.
Pero también era una trabajo difícil. Los complejos fronterizos de Arica eran una de las principales puertas de entrada de droga al país y cada procedimiento exitoso significaba enfrentarse a organizaciones que podían tomar represalias.
Recién casado con su esposa Sandra Rojas, con un hijo recién nacido y una vida que le exigía orden decidió renunciar.
Su esposa no estaba precisamente feliz, pero él estaba convencido de que el éxito iba a llegar. Comenzó a viajar Tacna a comprar mercadería y probar suerte en el comercio, los ingresos eran menores que los que recibía en como funcionario público. La apuesta, en un principio, pareció un error.
Más de dos décadas después, sin embargo, esa apuesta se transformó en North Clothes y Siker, dos empresas textiles que emplean a más de cien trabajadores, una planta industrial de 12 mil metros cuadrados en Arica, que tiene como clientes a la gran minería –incluído el grupo Luksic– y presencia en el fútbol profesional chileno: hoy viste a Cobreloa y antes lo había hecho con Coquimbo Unido, Magallanes e incluso al tenista Nicolás Jarry.
—¿Cuándo te diste de que el negocio podía funcionar?
—Cuando empiezo a fabricar ropa para la minería. Yo compraba mercadería en Tacna y la vendía en Calama. Ahí un amigo que tenía una empresa de servicios mineros me pidió que cotizara ropa de trabajo. Yo no tenía fábrica, no sabía fabricar ropa industrial, pero encontré un taller en Tacna que hizo una muestra. Cuando la vio me dijo que estaba mejor hecha que la que compraba a proveedores más grandes.
Ese primer pedido abrió una puerta inesperada. Lo que comenzó como un intermediario terminó convirtiéndose en una pequeña red de producción entre Arica y Tacna. Tapia empezó a recorrer talleres, buscar costureras y coordinar pedidos para empresas mineras. Durante un año y ocho meses vivió en Perú siguiendo de cerca la fabricación.
—¿Y sabías algo de confección?
—Mi mamá era modista en Chañaral. Nunca trabajé en eso, pero supongo que algo se aprende. Después uno va aprendiendo en el camino.
En medio de esos viajes entre Arica, Tacna y Calama, Jorge Tapia comenzó a mirar la ciudad con otros ojos. Mientras buscaba dónde fabricar sus pedidos, descubrió que gran parte de la industria textil local estaba paralizada. Empresas que durante años habían confeccionado para marcas como Wrangler habían cerrado o reducido drásticamente sus operaciones, dejando talleres vacíos detenidas y decenas de costureros y cotureras sin trabajo.
Donde otros veían una industria en retirada, Tapia vio una oportunidad. La idea de seguir importando prendas desde Tacna comenzó a perder atractivo frente a otra posibilidad: fabricar en Arica y aprovechar el conocimiento que todavía sobrevivía en la ciudad.
Al principio trabajó con talleres externos que habían quedado operando tras la salida de esas grandes marcas. Sin embargo, los estándares eran dispares. Algunas prendas llegaban impecables; otras presentaban costuras torcidas o terminaciones deficientes. Para un cliente minero, esos detalles podían marcar la diferencia. La solución fue tomar el control de todo el proceso.
Primero levantó un pequeño taller. Después formalizó la operación. Más tarde llegaron nuevas máquinas, más trabajadores y pedidos cada vez más grandes. En 2003 fundó oficialmente la empresa que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose en una de las compañías textiles más importantes del norte del país.
Entender al trabajador antes que la competencia
Buena parte de la industria textil minera se mueve por licitaciones, precios y volúmenes. Tapia intentó competir por ahí, pero pensando en otro enfoque.
Mientras otras empresas vendían desde oficinas, él comenzó a recorrer las faenas.
Yo me metía a las minas a ver cómo usaban la ropa. Ahí entendías cosas que no aparecen en una planilla. Si el trabajador te decía que el cuello molestaba, lo modificábamos. Si el cierre se dañaba con la nube ácida, buscábamos una solución. La ropa la diseñábamos desde la experiencia de quien la usaba.
Ese enfoque, asegura, terminó diferenciando a la empresa.
Las camisas de colores apagados y diseños genéricos comenzaron a dar paso a prendas inspiradas en el mundo outdoor. Chaquetas softshells, cortes más modernos y materiales distintos empezaron a aparecer en una industria históricamente conservadora.
—Hoy toda la ropa industrial se parece un poco a lo que nosotros empezamos a hacer —comenta.
Una de las anécdotas que más recuerda ocurrió durante una feria minera.
Años antes había diseñado una parka bautizada como “Francisco”, en homenaje a un trabajador de la empresa que había confeccionado la primera muestra. El modelo fue un éxito comercial.
Tiempo después, en una exposición, encontró a otra empresa exhibiendo exactamente la misma chaqueta.
No solo habían copiado el diseño.
Esa no es la única anécdota que recuerda. Otra ocurrió cuando intentó registrar su marca: North Clothes y terminó enfrentando una oposición de la multinacional North Face.
—Estuvimos peleando como un año. Ellos decían que se parecía, pero nosotros hacíamos ropa de trabajo y ellos ropa outdoor. North Face significa la cara norte del Everest y nosotros éramos North Clothes porque hacíamos ropa del norte. No tenía nada que ver una cosa con la otra. Al final la ganamos y pudimos registrar la marca.
Del cobre al fútbol
Más allá de la ropa minera, Tapia amplió su rubro hacía el fútbol. La expansión hacia la ropa deportiva nació de manera accidental.
Su hijo Diego jugaba en las inferiores de San Marcos de Arica. Tapia comenzó confeccionando algunas prendas, ya que las que tenían no eran del agrado de los jugadores y descubrió un mercado completamente distinto al que conocía.
Para ingresar tuvo que comprar nuevas máquinas, adaptar procesos y aprender otro lenguaje textil.
La apuesta funcionó. Con el tiempo la empresa comenzó a vestir a clubes profesionales como Cobreloa, Coquimbo Unido, San Marcos de Arica y Magallanes.
—El negocio no está solamente en vestir al equipo profesional. El negocio real está en todas las ligas amateur que quieren usar la misma marca que ven en la cancha.
La lógica es simple.
Un niño ve jugar a Cobreloa con determinada camiseta y quiere usar la misma en su campeonato de barrio. Lo mismo ocurre con escuelas de fútbol, ligas laborales y torneos amateur.
Pero más allá del negocio, existe un componente emocional.
Tapia es un futbolero declarado.
Por eso cuando se le pregunta por el momento más importante que le ha regalado el deporte no menciona una campaña comercial ni una venta récord.
Habla de su hijo Diego, actual jugador de Cobreloa quien fue el heroé en la copa Chile que ganó cuando jugaba en Magallanes..
Cuando Diego ganó la Copa Chile y tapó ese penal. Esa ha sido la alegría más grande.
Hoy otro de sus hijos, Benjamín, es arquero titular de San Marcos de Arica y uno de los nombres destacados de la categoría. Entre medio, la empresa de Tapia también fue construyendo una historia propia dentro del deporte. Sus prendas llegaron a vestir a clubes como Cobreloa y Coquimbo Unido, mientras que en el tenis uno de sus momentos más recordados fue cuando Nicolás Jarry levantó un título utilizando indumentaria de la marca.
En estos días el foco está puesto en Calama y Arica.
La última creación de la empresa es una camiseta especial para San Marcos inspirada en los uniformes utilizados por los soldados chilenos durante la Guerra del Pacífico. La prenda incorpora detalles inspirados en la vestimenta militar de la época, incluyendo un cuello estilo militar y elementos gráficos que evocan el uniforme usado por las tropas durante la campaña.
Esta camiseta la diseñé yo. Me puse a buscar referencias de cómo era exactamente el uniforme y tratamos de llevarlo a una camiseta de fútbol. Si le hubiéramos puesto los botones, habría quedado prácticamente igual.
La apuesta tuvo una recepción inmediata entre los hinchas. Durante la preventa, la empresa vendió cerca de 400 camisetas en apenas unas horas, una cifra excepcional para una ciudad del tamaño de Arica.
La vida después del crecimiento en Arica
A los 60 años, Tapia no habla de expansión con la misma ansiedad de sus primeros años.
La empresa sigue creciendo. Hace poco adquirió nuevos terrenos, opera una planta fotovoltaica que cubre el total de su consumo energético y desarrolla procesos de reciclaje para reutilizar prendas en desuso.
Sin embargo, su discurso ya no gira únicamente en torno a producir más.
—Hay un momento en que uno tiene que empezar a disfrutar la vida.
La frase aparece varias veces durante la conversación. Habla de viajes, de tiempo con la familia, de vacaciones junto a sus hijos y nietos. También de personas que conoció durante años y que dedicaron toda su existencia a trabajar sin darse espacio para disfrutar lo conseguido.
La gente a veces quiere más y más y más. Después se muere y no disfrutó nada. Yo me saqué la cresta cuarenta años trabajando. Hoy quiero disfrutar la vida.
Quizás por eso, cuando se le pregunta por qué se siente más orgulloso, no menciona la planta industrial, los contratos mineros ni las ventas.
Habla de otra cosa.
De haber dado trabajo.
De haber formado una familia.
Y de haber demostrado que desde un pueblo pequeño como Chañaral, pasando por la frontera de Arica y los talleres de Tacna, también era posible convertirse en un empresario.
